Ya estamos a pocos días de la Navidad y el ambiente ya se siente por todos lados.

Recuerdo que cuando era niño, esperaba durante todo el año la época de navidad. Los años me parecían eternos esperando volver a armar el arbolito, decorar la casa, comprar regalitos para mis seres queridos, que por cierto la mayoría de las veces eran chucherías insignificantes para las que tenía que contar hasta las monedas.

Me acuerdo que el arbolito que era enormemente alto para mí en esa época, debe haber tenido poco más de un metro y medio (unos 4 pies de alto), lo que para mí era como 5 metros de alto ya que era chico de edad y estatura, bueno, tampoco crecí mucho más desde entonces así que digamos que era más bajo.

En esa época no existían los arbolitos de plástico como ahora, y los naturales no se usaban en Argentina y aún hoy no se estila, no sé por qué. Por otro lado, es mejor así por una cuestión ecológica. Este se plegaba para guardarlo pero las ramas estaban revestidas con plumas de aves teñidas de color verde.

Cada año cuando se desplegaba, se veía raquítico, pelado, triste y a medida que se lo iba vistiendo con las bolas de cristal, la nieve artificial, los adornos y guirnaldas hechas por mí y mis hermanas, y finalmente las lucecitas de color, se llenaba de vida y para mí era el arbolito más lindo de todo el mundo.

 

Las bolas de cristal eran simples y sin mucha sofisticación, su belleza estaba en los distintos tamaños y el brillo de sus colores, y en el destello que multiplicaban al reflejar las pequeñas lucecitas.

La nieve artificial era como un algodón que se ponía sobre las ramas y había que guardar un poco para el pesebre. Esa nieve siempre me hacía soñar con una navidad fría y llena de nieve por todos lados ya que las navidades a las que estaba acostumbrado eran en verano y con calor. Recuerda que para ese entonces vivía en el hemisferio sur, en Argentina.

Lo del calor en navidad no ha cambiado mucho que digamos, aunque ahora vivo en Miami, en el hemisferio norte, por lo general, aunque no son con excesivo calor como en Córdoba, las navidades siguen siendo cálidas. Una sola vez de todos estos años viviendo en Estados Unidos, he tenido una navidad bien fría que fue en una ocasión que estuve de paseo por Nueva York, con nieve y todo!

Pero una de las cosas que más recuerdo haber disfrutado, era los días antes de armar el arbolito, cuando preparaba los adornos y guirnaldas para vestirlo. Eran hechos en casa. No había plata para comprar adornos nuevos cada año y entonces mis hermanas y yo nos sentábamos a crear.

Los tres menores de seis hijos, los seis de mamá y papá. Tres varones mayores, después vinieron las dos chichas y por último, de casualidad, llegué yo. Luego vienen otros hermanos por parte de padre, pero todavía no estaban en mi vida, de quienes puedo contarles en otra historia.

Los que más adornos hacíamos, éramos la hermana que está antes de mí y yo. A la mayor de las chicas, al parecer, no le entretenía mucho eso y en seguida abandonaba.

Los que más recuerdo son los farolitos chinos hechos con el cartón del rollo de papel higiénico, forrado en papel dorado, que si había plata se compraba papel glasé brillante, sino era con el papel de los chocolates que guardaba para esa ocasión. También envolvíamos cajitas de cartón pequeñas, como si fueran regalos y las colgábamos de las ramas.

Las guirnaldas las hacíamos prácticamente con los recortes que quedaban del papel, de cualquier papel. Hacíamos un eslabón con listoncitos de papel al unir los dos extremos y que luego uníamos con el próximo. Formando de ese modo una cadena de eslabones de papel. Largas, muy largas para después colgarlas desde la punta del árbol y darle vueltas enlazando cada rama con las guirnaldas de papel.

 

Luego había que armar el pesebre. Un pesebre con muñequitos de yeso con su pintura descascarada, que aunque iban perdiendo el brillo de lo nuevo, nunca perdían la belleza del divino nacimiento.

Luego colocábamos las luces… o las luces iban primero? – No recuerdo bien, pero una vez listo, no veía las horas de que llegara la noche para poder encender el arbolito y quedarme en éxtasis mirándolo por ratos eternos, llenos de emoción y … vaya a saber qué otra cosa que pudiera pasar por la mente de un niño de 7, 9 u 11 años de edad.

 

Con el tiempo, todo cambia.

Ahora, los años pasan volando! Entre una cosa y otra, cuando uno finalmente decide qué hacer con el año que tiene por delante y empieza a re-escribir por no sé cuántas veces las metas de año, ya es el mes de julio y ha pasado la mitad de año.

Cuando uno no se da cuenta, ya estamos en noviembre y aquí tenemos el día de Acción de Gracias, y enseguida ya estamos en Navidad, y Año Nuevo a la vuelta de la esquina.

Esta época ya no es como antes para los que hemos perdido seres queridos. Los recuerdos vividos con ellos, sus caras, sus nombres, todos se agolpan en la memoria. Algunos que nos producen alegría, otros, pesar.

Ya no es lo mismo para los que pasamos por enfermedades, ya sea propia o la de un ser querido, tampoco es lo mismo para aquellos que están lejos o privados de libertad. 

 

Hay de todo en la viña del Señor.

Algunos queriendo impresionar a otros, no terminan de pagar las deudas adquiridas la navidad anterior cuando tienen que endeudarse más en regalos y apariencias efímeras para lucir en la navidad que llega.

Otros, para llenar el vacío de sus vidas, llenan esta época con ruidos, fiestas y entretenimientos despampanantes, alcohol y drogas para distraer la mente y el espíritu de lo que realmente importa.

En mayor o en menor grado, todos en algún momento de nuestras vidas hemos caído en eso de “distraernos” y en olvidar el verdadero mensaje de la navidad.

Que no se me malentienda, no es que esté en contra de las fiestas y reuniones familiares y con amigos. En lo que estoy en desacuerdo es en la importancia que se le da a todas esas cosas olvidándonos de la razón principal de esta celebración. No dejes que los comerciales y avisos por televisión dicten y definan el significado de la Navidad.

Incluso, muchos que conozco, desconocen qué es lo que se celebra. La Navidad, que viene del latín; nativitas o nativitatis, quiere decir “nacimiento”, refiriéndose al nacimiento de Jesús, y aunque no se sepa a ciertas si esta fue la fecha exacta, nosotros los cristianos, celebramos el nacimiento de nuestro redentor.

(Quiero recordarles que cuando hablo de cristianos, no me estoy refiriendo a una religión en específica como se entiende aquí en Estados Unidos. Cristiano es todo aquel que acepta a Cristo como su único salvador y trata de seguir sus pasos.)

Sé que muchos dirán; “Bien, pero yo no soy cristiano” y lo respeto. No obstante, la celebración es esa y nos habla de humildad, de amor, de caridad. Por eso yo, en lo personal, en vez de una fiesta con “mucho ruido y pocas nueces”, prefiero una reunión más pequeña, con amigos y parientes donde abunde el amor y el gozo espiritual.

 

No olvidemos que Jesús es la razón de las fiestas.

El mismo Jesús que dejó todo para darse por nosotros.

Que en esta Navidad, abunde el amor, la caridad y la humildad. Tres cosas que podemos empezar a regar a nuestro alrededor, tres cosas que podemos empezar a dar a los que tenemos más cerca.

En esta Navidad te deseo que donde hay rencor, haya perdón; donde hay egoísmo, haya caridad; donde hay odio o indiferencia, haya amor y si no conoces a Jesús puedas conocerle pronto.

 

¡Feliz Navidad y Mis Mejores Deseos para el Año que pronto comienza!

 

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